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No podemos callar lo que hemos visto y oído. (Hch. 4, 20)

La pobreza de los hipócritas

La pobreza de los hipócritas

Nunca nadie pudo imaginar lo perfecto que resultaría mirar al cielo y contemplar la inmensidad de la noche. Desmenuzar el amanecer es una aventura sin fin. Saborear una puesta de sol tiene mucho más encanto que el mejor bocadillo de chorizo con mantequilla. Pero sin duda alguna, lo insuperable es poder mirar a los ojos de tu otro yo y contemplar cómo se abre toda la vida a un camino por andar, a una vereda cubierta de olorosa hierba que llena los pulmones como si fuesen los de un recién nacido que respira por primera vez. No sentir el miedo del juicio, no temer la palabra mal dicha o el gesto desacertado. Saber que hasta el pensamiento más profundo no es fruto de la improvisación sino el producto de la unión.

Decía Machado: "Caminante, no hay camino, se hace camino al andar". Y qué gran verdad: el camino no es que nos encontramos, sino el que hacemos. Cada paso es mirada al futuro o tembloroso pasado. No hay camino, el camino se va creando a nuestro caminar, pues el fruto de aquello que deseamos hacer, de lo que dejamos atrás, de lo que esperamos, de lo que soñamos e incluso de lo que odiamos. Caminar no es avanzar, es caminar. Lo importante no puede ser la meta, sino el paso firme, la meta es tan solo un conjunto de pasos firmes. Nadie puede atreverse a decir que el futuro está marcado, todos aquellos que hablan de futuro escrito, no son más que absurdos creadores de soledades, sus palabras son el reflejo de su propia mirada incierta al presente. Quien dice "nacemos para morir", más vale que muera ya, ¿si es tan claro el por qué, por qué esperar?; si has nacido esperando la muerte más vale que tu vida sea solitaria y que se agote cuanto antes, de lo contrario el negror de tu pensamiento ennegrecerá el pensamiento de tus compañeros de viaje. Quien no espera nada de la vida, debería recordar que la vida si espera algo de él.

Descubro cada segundo cómo el mundo gira a mi alrededor, como quien en otros momentos sentía como compañeros de viaje, se han convertido en hipócritas alimañas juzgadoras. La verdad es que no siento recelo, ni tan siquiera algo parecido. Tampoco me hacen daño, tan solo ratifican mis posturas y son el objeto de mi oración, porque los considero pobres, clasistas, profetas de su propia perdición y, como ya dije en otro artículo, sembradores de cizañas. ¿Dónde está Dios? Lejos de quien actúa así.

¡Qué triste es pasar la vida juzgando a los demás, con lo grandioso que es pasarla amando¡ sólo puedo desearos, que algún día seáis felices.

 

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