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No podemos callar lo que hemos visto y oído. (Hch. 4, 20)

La figura de Moisés

Conozcamos un poco de la vida de Moisés, que podrás ampliarlo en el libro del Éxodo y del Deuteronomio:

  “Las tribus hebreas que habitaban en Egipto fueron reducidas a la esclavitud por un faraón, que ordenó la muerte de todos los niños varones, para evitar cualquier levantamiento; la madre y la hermana de Moisés decidieron ponerlo a salvo, escondiéndolo hasta la edad de tres meses, y luego lo colocaron en una cesta de papiro calafateada con pez que lanzaron al Nilo. Una hija del faraón, que fue a bañarse en el río encontró al niño y decidió criarlo. Le dio el nombre de Moisés; (salvado de las aguas) y creció en la corte del faraón.

  La juventud de Moisés en la corte del faraón transcurrió en silencio según el relato bíblico, hasta el momento en que Moisés dio muerte a un capataz egipcio que maltrataba a un esclavo hebreo. Tras el asesinato, se vio forzado a huir y se exilió en el país de Madián, donde se refugiaban las personas que huían de Egipto. Allí, ayudó a las hijas del sacerdote Jetro, que fueron agredidas por pastores, y permaneció unos cuarenta años junto a este hombre que le dio en matrimonio a su hija Séfora.

  Cuando Moisés apacentaba el rebaño de Jetro, en la región del monte Horeb, Dios se le apareció en forma de una zarza ardiente, que no se consumía, y le reveló su voluntad de enviarlo a Egipto para liberar a su pueblo. Moisés se mostró primero reticente, pero Dios le ordenó dirigirse a sus compatriotas diciéndoles: «Él es (Yahvé), el Dios de vuestros padres, el que me envía hacia vosotros».

  De vuelta en Egipto, Moisés se presentó ante el faraón para pedirle que dejase partir al pueblo hacia el desierto durante tres días, para ofrecer sacrificios a Yahvé. Pero el faraón se negó y acentuó su opresión contra el pueblo hebreo. Entonces Yahvé ordenó a Moisés castigar a Egipto con diez plagas: el agua del Nilo se convirtió en sangre; ranas, zancudos y tábanos infestaron el territorio. El ganado moría, los hombres estaban cubiertos de póstulas, el granizo caía asolando Egipto, las langostas devoraban las cosechas y espesas tinieblas cubrían la región. Cada vez, el faraón prometía que dejaría partir al pueblo, pero tan pronto cesaba la plaga, su corazón se endurecía.

  Entonces, Moisés anunció la muerte de todos los primogénitos y ordenó a sus compatriotas inmolar un cordero de un año de edad, al interior de cada familia, durante la noche del 14 al 15 de Abib (marzo-abril). Su sangre debía esparcirse sobre las dos jambas y el dintel, para señalar las casas de los hebreos, quienes serían los únicos perdonados por la desolación. La víctima y, en consecuencia, el rito se llamaban pessah, «pascua», es decir, «pasar más allá». Por la mañana, el faraón cedió y ordenó la salida de los hebreos de Egipto.

  Tras muchos años de marcha, llegaron a una tierra que parecía agradable y próspera. Se llamaba Palestina, que es como los hebreos llamaban a los filisteos, una pequeña tribu de cretenses que se había instalado en la costa al ser expulsada de su isla. Desgraciadamente, en Palestina vivía otro pueblo semita, el de los cananeos. Los judíos los obligaron a huir a los valles y allí construyeron sus ciudades. En una de ellas, a la que llamaron Jerusalén o «tierra de paz», erigieron un gran templo. Pero Moisés ya no era el guía de los judíos. Vio la silueta de las montañas de Palestina desde lejos y cerró sus ojos cansados para siempre. Había trabajado duro, con mucha fe, para agradar a Yahvé. No sólo había liberado a sus hermanos del yugo de la esclavitud y los había conducido a una nueva tierra donde serían libres, sino que también convirtió a los judíos en el primer pueblo que adoraba a un único Dios”. (Cf. Historia de la Diáspora Judía)

            Durante este camino, Moisés demuestra en todo momento su confianza en aquel Dios que, desde la zarza ardiente, le ha pedido que saque a su pueblo de la esclavitud. Dos de los pasajes más famosos de esta peregrinación durante 40 años por el desierto son la abertura del Mar Rojo (Ex. 14, 19-31) y la entrega de los 10 mandamientos (Ex. 20). Ambos pasajes nos muestran cómo Dios no se desentiende de aquel pueblo, sino que decide caminar junto a ellos y guiar su peregrinación. Dios aunque pueda hacerlo, casi nunca actúa solo. La obra liberadora de Dios empieza con la llamada de un hombre quien va a ser el instrumento de tal salvación. Lo maravilloso del Éxodo no son los milagros, sino la fe del pueblo y la voluntad salvífica de Dios, quién sirviéndose de acontecimientos naturales y de la historia de un pequeño pueblo como Israel, empezó con él una alianza de salvación.

            Los cristianos decimos que Moisés es figura de Jesucristo: Él nos libera de la esclavitud y va por delante de nosotros como guía, para conducirnos a la tierra prometida: el Reino de Dios y la Resurrección.

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