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No podemos callar lo que hemos visto y oído. (Hch. 4, 20)

Y en Pentecostés, el inicio.

Y en Pentecostés, el inicio.
 

Y en Pentecostés, el inicio. Si tenemos que marcar un comienzo de la Iglesia, lo encontramos en el día de Pentecostés. Es ese día cuando los apóstoles llevan a la realidad el deseo e inspiración de Jesucristo: una Iglesia, es decir: una unión, congregación, reunión, de aquellos que desean hacer vida auténtica su mensaje, su testimonio y su presencia real. Desde aquel momento, la iglesia se ha visto llamada a vivir como Cristo vive, sin olvidar sus errores, sus fracasos y sus infidelidades. Toda la historia de la Iglesia nos enseña que este misterio nacido de Pentecostés es un misterio que trasciendo toda intención humana, es más, que la supera. Cristo vive en su Iglesia y su Iglesia en todos los hombres y mujeres de buena voluntad. La sombra del mal aparece cada vez que encerramos al Espíritu en el trastero de nuestro corazón y nuestra conciencia. Es entonces cuando surge el mal. Una de las misiones más importantes de la Iglesia es ser voz profética que abra las puertas de ese tratero interior para que el Espíritu sea liberado y, con plena confianza, pueda guiar y orientar nuestra vida. Pentecostés no es sólo el nacimiento de la Iglesia, es también el nacimiento de la vida nueva, constante y renovable en Cristo vivo y Resucitado.

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