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No podemos callar lo que hemos visto y oído. (Hch. 4, 20)

La misericordia de Dios es eterna

La misericordia de Dios es eterna

 

PROFECÍA DE EZEQUIEL 18, 25-28/SALMO 24/ CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS FILIPENSES 2, 1-11/EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 21, 28-32

“Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por envidia ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús”.

            Estas son las palabras del apóstol Pablo a esa comunidad de Filipo, unas palabras que surgen de lo más profundo de su corazón y, más aún, del abismo de su propio dolor y rabia al comprobar que el mensaje de Jesús no ha sido comprendido. Pablo experimenta cómo el cristianismo naciente está haciendo ya desde el principio una división errónea: por un lado anda la fe que proclaman y, por otro lado, anda la vida que viven los que proclaman esa fe.        Esta división no es algo atípico y lo seguimos viendo y viviendo dos mil años después. La palabra de Dios es una palabra de vida, entre otras cosas, porque tiene actualidad en el aquí y en el ahora. Hoy seguimos haciendo lo mismo y el mensaje parece igual de nuevo y de ofensivo para los oyentes que no somos capaces de vernos reflejados en esta realidad.

            No hay más que mirar a nuestro alrededor, dentro de nuestra propia iglesia, pero no me refiero sólo a la institucional, sino de la que formamos cada uno de nosotros, de nuestra parroquia, de nuestro grupo, etc; para darnos cuenta de que ni nos mátenemos unánimes, ni tenemos un mismo sentir, ni un mismo amor. Acudimos cada domingo a la celebración de la Eucaristía viviéndola muchas veces como un cumplimiento y olvidando lo que en ella hay de denuncia hacia nuestra vida. Escuchamos esa palabra de Vida mientras miramos el reloj porque tenemos una cita después y el cura se alarga; proclamamos la fe mientras miramos al que tenemos delante juzgando su actuar y sus comportamientos; rebuscamos en nuestros bolsillos los céntimos que depositaremos en la bandeja, mientras pensamos en dejar lo necesario para el café, la cerveza o la colección del quiosco o, simplemente, para nada, pero que no nos falte, mientras los encargados de caritas hacen verdaderos milagros de multiplicación de los panes y los peces para dar de comer, día a día, a tantas personas cuyos bolsillos hace tiempo que dejaron de ser útiles. Nos acercamos a comer el Cuerpo de Cristo mientras volvemos a juzgar si la persona que llevo delante lo merece o no. ¿Dónde queda la llamada de Pablo a vivir en el amor? ¿Son estos los sentimientos de Cristo Jesús a los que nos llama Pablo? Creo que no, ni lo son para ti, ni lo son para mí. Aquellos de Filipo habían marcado una delgada línea entre su fe y su vida, cada uno de nosotros la hemos ido acrecentando a nuestro antojo y pareciese como si las palabras del Evangelio, por muy alto que se proclamen, formasen parte de una novela de la cual conocemos el final y no nos interesa mucho la parte intermedia. No podemos vivir como católicos sin ser cristianos, no podemos vivir como cristianos sin ser católicos. La palabra católico significa Universal: el mensaje de Cristo es universal y a la vez particular: universal porque nos llama a vivir una misma fe, un mismo amor y una misma comunión; particular porque va al corazón y la conciencia de cada uno de forma única, su lectura es para mí, es para ti. No cometamos el error de, cuando escuchamos la palabra de Dios, pensar en poner ejemplos de personas que no la cumplen: empecemos por nosotros mismos.

            El cristiano NO puede odia, NO puede desear el mal ajeno, NO puede ser indiferente a la necesidad, NO puede ser juez inmisericorde de nadie.

“Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios”. ¿Por qué?, porque ellos saben quiénes son, conocen sus errores, son conscientes de que pueden ser mejores y tienen la capacidad de pedir perdón y buscar el verdadero Amor.

            ¿Quieres ser feliz? NO ODIES, NO DESEES EL MAL, NO CRITIQUES, NO JUZGUES.

            ¿Por qué? PORQUE QUIEN NO ODIE, NO SERÁ ODIADO; QUIEN NO DESEA EL MAL, SERÁ CONSOLADO EN SU DESGRACIA; QUIEN NO CRITICA, NO SERÁ OBJETO DE CRÍTICA; QUIEN NO JUZGA, SERÁ JUZGADO EN EL AMOR DE CRISTO, UN AMOR AL QUE SÓLO LE INTERESA LA SALVACIÓN Y LA ESPERANZA.

 

“Recuerda, Señor, que tu ternura

y tu misericordia son eternas;

no te acuerdes de los pecados

ni de las maldades de mi juventud;

acuérdate de mí con misericordia,

por tu bondad, Señor”.

            El Señor tiene ternura y misericordia eternamente con cada uno de nosotros, ¿por qué no tenerla nosotros con nuestros semejantes? Si quiero experimentar la misericordia de Dios, sólo he de ser yo misericordioso con los demás. Esta es mi oración de hoy, la que compongo cada día y quiero seguir componiendo cada instante:

Señor: que cada ofensa que me hagan,

Sea una ocasión para perdonar.

Que cada vez que me odien,

Sea una ocasión para no odiar.

Que cada vez que me desprecien,

Sea una ocasión para acercarme a los despreciados.

Que cada vez que me critiquen,

Sea una ocasión para que no critiquen a otros en mi presencia.

Dame la fuerza que necesito para poder Amar,

Para poder amarte,

Para amarte en los demás.

Que al cerrar mis ojos a la vida terrena

Sólo encuentre tu perdón y tu amor

Por haber perdonado y amado.

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