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No podemos callar lo que hemos visto y oído. (Hch. 4, 20)

Los invitados a la boda

Los invitados a la boda

Vivimos en una sociedad globaliza, entendemos por globalización “un proceso económico, tecnológico, social y cultural a gran escala, que consiste en la creciente comunicación e interdependencia entre los distintos países del mundo unificando sus mercados, sociedades y culturas, a través de una serie de transformaciones sociales, económicas y políticas que les dan un carácter global. La globalización es a menudo identificada como un proceso dinámico producido principalmente por las sociedades que viven bajo el capitalismo democrático o la democracia liberal y que han abierto sus puertas a la revolución informática, plegando a un nivel considerable de liberalización y democratización en su cultura política, en su ordenamiento jurídico y económico nacional, y en sus relaciones internacionales”. Y por capitalismo democrático: “una ideología político-económica que describe al sistema económico político y capitalista como socio vinculado al sistema político democrático. Lo cual, en definitiva, es lo mismo. Pero resulta que esos sistemas capitalistas, o globalizadores, han perdido su razón de ser. Toda la definición parte de la concepción de un mundo donde el status social y económico está divido en las tres clásicas clases sociales: baja, media y alta.         Si analizamos el mundo actual resulta que estas tres clases han desaparecido, es decir, no nos encontramos en nuestras sociedades modernas con tres clases claramente fijadas, sino que lo que han llamado “la crisis” hace que sólo haya dos clases sociales: baja y alta. Toda una madeja de lana que a lo único a lo que nos lleva es a pensar donde nos encontramos nosotros.      “Antiguamente”, hace 5 años, el pobre era pobre; el rico era rico y, el de en medio, no era nada. Sólo hace falta mirar alrededor para percatarse de que hoy día no es así: el rico es muy rico y el pobre es paupérrimo y, la llamada clase media se ha convertido en una clase de “hipotecados” que, oficialmente, tienen un patrimonio, pero que en la realidad sólo pueden llegar a fin de mes cuando llegan. Nuestras sociedades ya no son lo que eran. Lo políticos buscaban el bien social, ahora el bien social les busca a ellos. Continuamente asistimos a los famosos casos de corrupción, a las inflaciones, a los vaivenes del Euribor, y un largo etcétera en el que el motor regulador se ha perdido. Ese motor era una cierta moral que servía como termómetro para saber cuando un político actuaba como debía o no. Los pepiños blancos de las gasolineras de antes era el tendero que compraba en las grandes superficies y vendía por un euro más, haciendo que la economía fuese una línea continua. La sociedad del bienestar consistía en tener un coche y una tele y, si la situación lo permitía, irse un par de semanas en agosto, salvo que se tuviese una casa propia en la playa. Aquella sociedad del bienestar fue el reclamo de empresarios y políticos que, como todo ser humano, querían tener más, pero la moral les indicaba que nunca a costa del pobre paupérrimo. Perdida la moral, perdido todo.

            Decía san Pablo en la carta a los filipenses: “Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación”. Mi abuelo, cuya memoria recuerdo bien, nos compraba caramelos sugus a principio de mes y, a partir del día 15, el dulce preferido eran las torrijas elaboradas con el pan duro que sobraba remojado en leche. Todo un manjar que nos hacía entender que la economía no es un bien que debe controlar la dignidad del ser humano, sino que es precisamente la dignidad del ser humano la que regulaba la economía. Aristóteles decía que la virtud se encontraba en el punto intermedio. El cristianismo le puso nombre a ese punto intermedio: la moral. Ser político era, poco menos, que ser de una madera especial; se les miraba con cierta envidia y se les llamaba de usted en todo momento. ¿Qué ha cambiado para que ahora la simple palabra de político nos suene a sinónimo de sinvergüenza? La desaparición de la moral política. Porque la pregunta no es si un ministro ha robado, eso lo damos por descontado, sino cuánto y cómo. Me resulta muy llamativo contemplar los plenos de mi ayuntamiento por la tele, o el debate sobre el estado de la nación anual, que no me pierdo más de media hora. En los plenos veo a mis conciudadanos hablando de sus cosas y poco de la realidad. No buscan soluciones a los problemas reales de los vecinos, sino cómo demostrar que la moción que presenta el partido contrario es inconveniente y reprobable. En el debate sobre el estado de la nación, sólo veo a un montón de acomodados que, desde un escaño de cuero, se atreven a hablar de cómo se construye una sociedad perfecta, mientras yo lo veo desde mi sillón de tela y, mi vecino, desde su silla de plástico. Hipócritas. El ministro Rubalcaba diciendo que sabe cómo salir de la crisis: ¿por qué no lo hizo hace dos meses cuando era ministro? O aún mejor ¿por qué no se lo dice a la persona que tiene tres escaños más abajo, el presidente, para que lo haga? El señor Rajoy sabe cómo solucionarlo todo: ¿por qué no lo compartió con el gobierno cuando la situación empeoraba? Y un tal Cayo Lara que…, bueno, este no pinta nada el pobre, me da mucha penita. Por cierto, este fue quien en un mitin en Murcia gritaba que iban a acabar con la Iglesia y el clericalismo, el mismo mes que, tras el recuento de las papeletas, casi se salen pero del congreso por falta de votantes. La respuesta es clara: dicen que sólo lo harán cuando estén en el gobierno. La conclusión a la que llego entonces también es clara: no les importa el bien de España, sólo estar en el gobierno. ¿Qué tendrá el poder…?

            ¿Dónde está la política? ¿Dónde está la moral? Gracias Dios, porque por lo menos aún puedo leer el Evangelio y saber que la esperanza existe.     Estos invitados a la boda, eran los invitados de primera fila, pero no han sabido llevar su traje de fiesta, su traje de gala, el traje del que manda. Se les encomendó una misión, pero creyeron ser más que los novios de la boda a la que estaban invitados:

EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 22, 1-14

 “En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

--El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: "Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda". Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: "La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda." Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?" El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: "Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes." Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”.

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