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No podemos callar lo que hemos visto y oído. (Hch. 4, 20)

La norma de Cristo

La norma de Cristo

 

“En aquel tiempo se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos letrados de Jerusalén y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras (es decir, sin lavarse las manos). (Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza no comen si lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas). Según eso, los fariseos y los letrados preguntaron a Jesús: ¿Por qué comen tus discípulos con mano impuras y no siguen tus discípulos la tradición de los mayores? Él les contestó: Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos.” Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.

En otra ocasión llamó Jesús a la gente y les dijo: Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro del corazón del hombre salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro”.

Los discípulos de Jesús comían con las manos impuras, es decir, no cumplían una serie de preceptos prescritos por normas humanas. Jesús no se queda indiferente ante ésta acusación; se atreve, arremete contra aquellos que solo se fijan en los preceptos humanos. Contra aquellos para los que la ley humana está por encima del precepto fundamental de Dios: el amor. Pero llama la atención que es Jesús quien se acerca a los fariseos, parece como si quisiese provocarles, pero no es así. Él se acerca porque conoce su error y desea corregirles para que puedan descubrir que la ley no es lo fundamental. Nosotros nos hemos quedado también en un montón de preceptos. Hacemos de nuestra vida cristiana el cumplimiento de una serie de normas, olvidamos con demasiada frecuencia que no hay mayor norma que el Amor de Dios. Nuestra iglesia, en ocasiones, se ha convertido en eso: el cumplimiento de la norma. ¿Dónde está Dios?, ¿reside acaso en los preceptos humanos?, ¿podemos encontrarlo en blanco sobre negro? Dios es mucho más que un montón de normas. Los preceptos nos pueden ayudar a descubrirle, pero cuando nos convierten en esclavos pierden su validez. El dios de Jesucristo es el Dios de la libertad, el Dios que no condiciona nuestra vida sino que marca pautas para poder vivir su esencia. Quien se queda esclavo de una norma, ha perdido a Dios. Los preceptos humanos, sirven para encontrar lo humano; los preceptos divinos, para encontrar lo divino. La pregunta que todos debemos de hacernos es ¿dónde está nuestra vida cristiana?, ¿en el cumplimiento?; no puede ser. No puede ser porque en ese mismo momento estaremos haciendo una Iglesia muy distinta de la querida por Jesús. La iglesia debería de ser el punto de encuentro, el ámbito de la solidaridad y la fraternidad. Por desgracia, son muchos los que se han encargado de hacer una Iglesia preceptual, donde lo que no es normativo no vale, donde todo el que se escapa del precepto queda fuera. Esa iglesia es humana, humana porque piensa y actúa como tal. Por suerte, en ella está el Espíritu de Dios, y es su espíritu el que continuamente nos ayuda a descubrirle a Él a pesar de lo humano. Descubrir a Cristo, es buscarle en su Palabra, desearle en los demás, pero sobre todo tener presente que de nuestro corazón también pueden salir los malos sentimientos. Esos son los que no podemos consentir, si lo hacemos, nos convertimos en hipócritas, en hacedores de  maldades en nombre de Cristo.

No hay, ni puede haber nunca, norma superior al Amor. Nunca. Dios no juzga, no condena, ¿por qué lo hacemos nosotros?, ¿con que derecho elevamos nuestra voz para decir lo que está bien o mal?, ¿Quiénes somos nosotros para decidir lo que Dios quiere o lo que no? En muchas ocasiones podemos cometer ese error. En nombre de Dios, convertirnos en Dios. “Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre”. ¿Qué sale de ti? Nunca las normas pueden agotar al Cristo del jueves santo, el Cristo que toma la toalla para enjugar los pies de sus discípulos. El Cristo que levanta a la pecadora a punto de ser lapidada. Ese es el Cristo que la humanidad necesita hoy, no otro. Las gentes andas cansadas de ser simples objetos en la sociedad, sólo números. Nuestras iglesias no pueden ser un recinto limitado a recoger monedas, a impartir preceptos. Nuestras iglesias están llamadas a ser recintos de amor y de libertad. Y en nuestras iglesias han de caber TODOS, absolutamente TODOS, incluidos los que la sociedad no quiere, los que el mundo detesta; es más, incluidos los que la Iglesia humana no acepta. Hacer a Cristo presente, es hacerlo aquí y ahora, en cada persona. Él, en su vida terrena, no pregunta primero sobre la dignidad y luego tiende la mano. Le importa poco la dignidad en el sentido de “estar bien visto”, el primero tiende la mano y después ofrece la libertad de seguir agarrados a esa mano.

Una iglesia que camina en el mundo, ha de hacerlo con los signos de los tiempos, pero sobre todo sin olvidar nunca el principal signo de Dios: amaos unos a otros como yo os he amado. ¿Y cómo nos ha amado?, sin preceptos, sin preguntas, hasta la muerte. ¿O acaso antes de curar a un leproso o levantar a un inválido le pregunta sobre su status en el mundo judío? Nunca lo hace, eso no es importante. Lo importante para Cristo es la persona. Cada uno de los que profesamos su nombre somos llamados a ser Cristo para el mundo, por tanto, nuestra misión no es juzgar y exigir, sino amar y tender nuestra mano. No hay condición humana, ni condición sexual, ni condición de status, ni condición política que nos pueda alejar de Dios. NUNCA. Si a algo hemos de temer realmente es a que Jesucristo algún día, pueda decirnos esas mismas palabras: HIPOCRITAS.

Querido amigo:

Querido amigo:

Se despiertan en mi memoria en éste momento, algunos recuerdos que no me son indiferentes. Lejos de eso, deseo recordarlos, revivirlos, sentirlos de nuevo, pero no puedo hacerlo. Para ti seguro que no habrán cambiado mucho las cosas en estos años, no me cabe la menor duda. Como también estoy seguro de que, aunque hace tanto tiempo que no nos vemos, no me habrás olvidado. Seguro, porque es casi imposible que olvides tantas y tantas cosas y momentos que hemos compartido. La verdad es que en estos años te he echado mucho de menos, quizás demasiado; sobre todo cuando he vivido esos momentos de profunda soledad, una soledad que antes solo era capaz de compartir contigo. ¿Ves?, aquellos amigos comunes que tuvimos, se preguntan porque me he vuelto tan reservado; lo que ellos no saben es que, el día que te marchaste, me sentí bastante solo, quizás demasiado, porque deposité en ti demasiada confianza, demasiada hermandad y amistad. Tú me conocías muy bien, eras capaz de darme una respuesta antes de una pregunta, en muchas ocasiones no necesité ni tan siquiera contarte mi problema, ya lo sabías.

Nunca he vuelto a aquellos lugares que recorrimos juntos. Esos rincones en los cuales ni tú eras el “graciosillo”, ni yo el “cabroncete”. Que momentos. Que noches. Que eternidades de segundos compartiendo lo más profundo de la interioridad del ser humano. Un cigarro, unas risas, unos “comentarios”, pocas cosas; y tras esos minutos, la desnudez del alma.

Tampoco he podido olvidar nunca aquella noche, aquella noche del adiós. Después he descubierto en nuestras palabras la presencia de Dios, un Dios que nos invitaba a despedirnos de alguna manera. Recuerdo palabra tras palabra, gesto tras gesto. Todo. Siempre nos decíamos “mañana más”, aquella noche la despedida fue “nos volveremos a ver”. Que ilusos fuimos, no entendimos que pasarían demasiados años para poder volver a vernos. Aún soy un poco tonto, porque me sigue dando por llorar cuando recuerdo aquellos momentos.

Después nunca has estado en los momentos más importantes de mi vida, bueno, no ha estado tu presencia física, pero siempre he sentido que no andabas muy lejos y que, aunque no nos veíamos, seguro que te alegrabas o que llorabas conmigo. En el fondo, no has estado tan lejano de mí, quizás más cerca de lo que ambos nos imaginamos.

Tus secretos y mis secretos, fueron siempre eso: secretos. E imagino que lo seguirán siendo, en cierta manera.

Algo sí que tengo que reivindicarte. Tú te fuiste sin pedir permiso, vale, pero tío, después te has ido rodeando de muchas personas cercanas a mí. Ya te digo, sin pedir permiso. Siempre has tenido la habilidad de ser “el bueno”, y como no, yo el “sinvergüenza”; ambos aceptamos nuestros roles, riéndonos después de todo lo que los demás pensaban. Que listo que eres tío, tú has sabido vivir con intensidad y exprimir hasta el último segundo de tu vida.

Mañana será otro día, otro día sin más. Otro día más. Otro recuerdo, otra esperanza, otra ilusión que volveremos a compartir sin más.

Por cierto, la promesa de aquella noche la cumplí, ¿has cumplido tú tu parte? Espero que sí, porque como no sea así, no me van a valer las escusas que bien sabes poner.

Querido amigo, mañana hará 14 años que nos dijimos adiós. Muchas cosas han cambiado desde entonces, pero otras no. Como cada 28 de agosto, volveré a llorar al levantarme, volveré  a comprar claveles blancos y llevarlos a esa fría fosa que nunca me atrevo a tocar. Te diré lo de siempre, lo de cada aniversario y, a partir de ese momento, pondré una sonrisa en mi cara y viviré el resto del día como si nada hubiese pasado. ¿Te acuerdas de nuestro sueño? Si hombre, ese que tengo de vez en cuando. Pues ya lo estoy esperando, no tardes, porque ese es nuestro momento, en el que podemos hablar de nuestras cosas.

Alberto, cuídate y sobre todo cuídame. No me olvides, yo no lo haré. Ah, si es posible y te acuerdas, cuando vayamos a vernos otra vez, avísame…

Fumadores de sueños

Fumadores de sueños

Los sueños son, en definitiva, aquellas esperanzas que se van haciendo hueco en nuestras vidas como realidades posibles. Es importante poder soñar; es decir, tenerlos es provocar nuestra a la indiferencia que nos amuerma, la sinrazón que nos deja adormilados y conformados con lo más mínimo. ¿Dónde están los tuyos?, nunca pienses que no los tienes, o si no los tienes, búscalos porque son fundamentales, imprescindibles.

Todo sueño lleva consigo impedimentos, dificultades, amarguras, etc.; pero su sabor es tan dulce como la miel del panal: es virgen, pero al cogerla puede caer algún picotazo de abeja. Pero, ¿a quién le importa?, ¿quién dejará de saborear esa miel por miedo a la abeja? Seguro que nadie, a no ser que el miedo paralice tu deseo de saborearla.

Los sueños no son imprudencias, como muchos piensan; son anhelos, deseos. La imprudencia es vivir lejos de la felicidad por miedo a las complicaciones que puede haber. Alguien dijo una vez: “tengo un sueño…”, y en ese momento se cumplió. Se hizo realidad porque pudieron quitarle la vida, pero no el expresar su sueño y contagiar a millones de personas. Buscar esa realización es posibilitar la vida como un quehacer de bondades. Nunca nadie ha sido infeliz por dar cumplimiento a sus sueños, más bien la infelicidad viene provocada por su absurdo ahogamiento.

Mañana me gustaría levantarme y descubrir un mundo nuevo, distinto. Un mundo en el que no existiesen los fumadores de sueños; aquellos que se dedican a destrozar los de los demás porque no pueden realizar los suyos. Son lo que yo llamo: los cobardes de la realidad; es decir, los que tienen miedo a darse cuenta de que su vida se ha convertido en un sinsabor, en una amalgama de insignificancias que ponderan su inutilidad. Qué triste es descubrir un día que todos tus sueños fueron solo eso, sueños. ¿Por qué los llamo así?, porque para mí son como fumadores compulsivos: no saben disfrutar de un cigarrillo en compañía, solo fuman y fuman sin sentido. Viven sus días por vivirlos, consumen las horas con tristeza, pasan los minutos deseando que llegue el siguiente para que pase pronto. “Fumadores de sueños”, la profunda desesperación que provoca en ellos no haber podido cumplirlos, le lleva a destrozar los sueños de los demás… jejeje, pobres; no se dan cuentan de que lo único que hacen es ahogarse en su propia nicotina, dejar que el pulmón de su corazón se anestesie por el sinsabor del alquitrán.

Nunca caigas en ese horror; en ese suicidio, busca tus sueños. Compártelos e intenta siempre cumplirlos. Comparte también los sueños de los demás, alégrate cuando puedan conseguirlos, porque si lo hacen, en ese momento tú has formado parte de ese cumplimiento y has empezado a cumplir los tuyos.

¿La existencia?

¿La existencia?

Para algunas personas, la existencia del ser humano está limitada a un continuo acontecer de sucesos que, llegado el día menos pensado, concluyen en el último adiós. Para otras personas, la existencia es una limitación finita de nuestras potencialidades futuras, es decir, es un trascurso de la persona, un devenir entre dos mundos. Aún están los que piensan que la existencia se corresponde con un retornar continuo, o lo que es lo mismo, un divagar del alma encarcelada en diversos estados materiales, buscando siempre la reencarnación futura, el anhelo de la perfección que liberará a esa alma de las cadenas de lo material. Los poetas encambio, la ven con ese toque romántico, ilusorio; donde lo único importante es el sentimiento, la capacidad del pensamiento fijado en lo sentimental. El historiador, la obseva desde la más pura objetividad, no buscando en ella nunca la interpretación subjetiva, sino más bien, la explicación del presente desde el acontecer pasado y, la intuición del futuro desde la acción del momento. No podemos olvidar los que, basados un poco en todas estas teorías, concluye la existencia como la posibilidad de redención, es decir, la opción entre salvación o condenación eterna. La verdad es que me asusta un poco cada vez que pienso que, para mí, la existencia, es tan solo el tú, el yo, el aquí, el ahora y Dios (y cada uno que le ponga a éste último el nombre que quiera...)

¿Estás preparado...?

¿Estás preparado...?

 

Y ahora llegarán las críticas. No importa, porque en esta vida lo bueno es poder acostarte todas las noches, sabiendo que has hecho lo que creías que debías de hacer. El otro día alguien me dijo: ¿tú sabes lo que se te viene encima?; mi primera reacción fue la sorpresa, pues no sabía a lo que se refería; mi segunda reacción la risa, al saber que se estaba refiriendo a las seguras críticas por parte de la gente; que por lo general serán aquellos que apenas me conocen, que no saben ni que cara tengo, que me odian por Dios sabe qué, o que se pasan su vida alardeando de falsa modernidad, o que van de “buenos”… (¿cómo me va importar lo que piensen esos?)

No miento si digo que nunca me han importado, NUNCA. Me ha importado la mentira y la falacia, las falsas acusaciones por ser eso, falsas. Resulta sorprendente como tememos a ser felices cuando vivimos de lo que los demás puedan pensar de nosotros. Pero más sorprendente resulta ver como una persona puede pasar de ser “estupenda y buena” un día, para convertirse en “mala y motivo de escándalo” al día siguiente, tan solo por intentar vivir su vida con coherencia.

Durante estos años no he intentado hacer daño a nadie, o por lo menos intencionadamente, es más, me queda la satisfacción de saber que he intentado estar para los que me necesitaban y cuando me necesitaban. Seguro que me he equivocado muchas veces, pero nunca de forma intencionada. He procurado amar a los demás como Dios, en quien creía y creo, me ama a mí, esto es: intentando entenderlos. Y os puedo asegurar que a partir de ahora lo seguiré haciendo.

Digo que posiblemente haya cometido muchos errores, seguro y no lo dudo. Pero no he cometido otros que siempre habrá quien quiera cargar sobre mí.

La pena, es que los que se dedican a criticar, a llevar y traer con malicia, suelen ser los que no pueden soportar los problemas de sus propias vidas, y necesitan ver e inventar sobre los demás para buscar su falso consuelo. Pobres, esos sí que necesitan de compasión. Sobre todo si tenemos presente las palabras de Jesús de Nazaret: “la medida que uséis con los demás, se usará con vosotros”.

A mis amigos me gustaría decirles hoy: no me defendáis, no lo necesito. Os necesito a vosotros, pero no vuestra defensa. La vida y la experiencia me han enseñado que, quien se dedica a ir de aquí para allá dando explicaciones, intentado quedar como bueno y convencer, o buscando la lástima de los demás, suele ser quien esconde la verdad. Yo no necesito la defensa humana, al final cada cual queda por quien es; y por mucha “basura” que se pueda verter sobre mí, quien me conoce sabe quién soy y como soy.

A los que se consideran mis enemigos: tranquilos, he sufrido vuestras persecuciones y maledicencias con dignidad, no me he defendido; no lo voy a hacer ahora y vuestros secretos, esos que podrían descubrir realmente quienes sois, están a salvo. No los he utilizado hasta ahora y no lo haré nunca.

A los que he considerado mis amigos: algunos compañeros, otros amigos. Lo que realmente me duele, es haber depositado en vosotros un amor que habéis utilizado para reíros de mí, para venderme al mejor postor. Solo os puedo decir una cosa, cuando me necesitéis, me encontrareis; pero por favor, no se lo hagáis a nadie más, es doloroso, muy doloroso. Estoy tranquilo y preparado, ya podéis empezar a criticarme, tengo claro que solo a Dios he rendir cuentas, y que Él sí que conoce perfectamente lo que hay en mí. Pero no olvidéis, que también conoce lo que hay en vosotros.

Ahora serán muchos los que me dejen de lado, me imagino. Eso es bueno, es la manera de saber quien merece realmente la pena. Otros me llamaran, posiblemente, hipócrita; que lo hagan, pero el hipócrita no es el que actúa según su conciencia, sino que su conciencia la pone en la lengua y el que dirán de los demás y vive su vida como un absurdo por el vulgo.

Criticadme y juzgadme todo lo que queráis, pero a mí por favor, no a las personas de mí alrededor, hacedlo conmigo, solo conmigo.

Me gustaría decir muchas otras cosas hoy, pero creo que me las guardaré para otros momentos y para aquellos que deseen leerlas.

Ahora contesto a la pregunta de mi amigo: ¿estás preparado para lo que se te viene encima?; si, estoy preparado, porque CREO EN DIOS, he estado al servicio de la Iglesia y de los demás y seguiré estándolo siempre que la Iglesia o los demás me necesiten, sigo siendo la misma persona, creyendo en lo mismo que creía,  y sé muy bien que “AL FINAL DE LA VIDA, SEREMOS EXAMINADOS ÚNICAMENTE DEL AMOR”. (Este es mi primer capítulo, habrá más...)

 

La amistad

La amistad

Hay muchas cosas por la que dar gracias a Dios y a la vida, muchas cosas que nos pasan desapercibidas, de esas del día a día, que como siempre están parecen no importar. Yo quiero hoy rendir un pequeño tributo a una de esas cositas tan importantes: la amistad. La amistad no existe; no la busquéis, que no existe. No puede existir por que en sí misa es tan solo un concepto, nada más; quien busca "la amistad" concluye que es imposible. Lo que sí existe son los amigos, aquellas personas que van pasando a nuestro lado y van marcando nuestra existencia. Eso es lo realmente importante. Cuando hay amigos, la amistad tiene sentido. Yo les debo mucho, a pocos, pero mucho. Y creo que todos podemos decir lo mismo. ¿Quienes son?, los que no preguntan, los que se alegran cuando te alegras; los que lloran cuando lloras; los que saben estar sin ser llamados; los que no juzgan y siempre son capaces de perdonar. La familia no se elige, los amigos si; por eso no seamos tan tontos como para perder la oportunidad de tenerlos. Un amigo nunca miente, pero sabe lo que calla y calla lo que sabe. Pocos son de verdad, pero los que lo son están siempre dispuestos a demostrarlo sin necesidad de hacerlo. En definita, son un regalo, un don que no debemos despreciar. Quien los tiene, no necesita más.

Nuestro tren

Nuestro tren

   Son muchos los trenes que van pasando por nuestras vidas, muchas las estaciones en las que van parando y muchas las personas que van subiendo a ellos. Esos trenes es nuestra existencia; y hay que tener cuidado, porque algunos solo pasaran una vez, con billete de ida y no de vuelta, cuidado porque podemos perderlos y no volveran a pasar. La estación fundamental será siempre aquella en la que alguien nos espere, aquella cuyas luces esten encendidas y no se apaguen al llegar la noche. Si de pronto ves pasar un tren distinto, nuevo, hermoso, no dejes que se vaya de largo, es posible que ese sea de los que no volveran a pasar. No tengas miedo a subir en el, no dudes por tus incertidumbres o perezas; ese tren no te llevará donde tu no kieras porque es el quien te lleva, pero eres tú quien le marca el camino. Que triste resulta verlo irse a lo lejos y quedarse con lamentos en el arcen mientras se aleja, pasar la vida pensando que hubiese pasado si me hubiese atrevido a subir. Llegar un día, al cabo de los años, en el que la tristeza te azote por haber perdido aquel tren. No lo permitas, disfrutalo; es tu tren. Te digo otra cosa, no te importe lo que las demás personas que quedan el arcen puedan decir, quizás su dureza sea el resultado de que un día lo dejaron escapar, y su deseo ahora es que nadie pueda subir. Suele ocurrir, quien no es feliz no le gusta ver a nadie feliz, al contrario, intenta argumentar motivos por los cuales nadie debería serlo; que no te importe, es tu tren. Yo ya lo he visto pasar, se ha parado delante de mi y no voy a dudar en subirme a el. ¿Te vienes?, eres libre, pero si lo haces no mires con melancolia la vieja estación que queda atrás, sueña y espera la que nos aguarda... esa es la nuestra.

Una Iglesia

Una Iglesia

No sé ni como ni por qué, pero soñé en una iglesia real, en una iglesia al estilo de Jesucristo. En mi sueño aparecían grandes personajes cuyo mérito era su anonimato. Resulta curioso, pero en mi sueño no aparecian precisamente sacerdotes, los protagonistas eran las gentes sencillas que necesitan a Dios. Dios no se hace presente en las grandes celebridades, se hace presente en acciones tan sencillas como el beso de un nieto a su abuelo. Estamos llenos de normas y preceptos, y esta nube cubre con mucha frecuencia al Dios de Jesucristo, al Dios del Amor y de la Verdad. La búsqueda de los primeros puestos, la constante necesidad de la relevancia, del mandato, de la moral, de la jurisprudencia, de hacer por hacer ajustandose a un papel; todas esas cosas son las que muchas veces nos alejan de ese amor primero que es Jesucristo. Amar a la Iglesia no es en absoluto cumplir sus letras históricas; es buscar la verdad en ella, es no caer en la tentación de creer que todo está ya hecho o terminado, es estar abiertos a los cambios y a las necesidades de una nueva sociedad que necesita mucho de la esperanza de Cristo. No podemos quedarnos en la misa del domingo, ésta pierde todo su sentido si se limita a un quehacer dominical; lejos de eso, el enamorado/a de Dios necesita ver todo a la luz de Cristo, TODO, no solo lo que interesa. Cuando alguien se pregunta en su interior ¿dónde está Dios?, alguo falla en los encargados de contestar a esa pregunta. ¿Por qué tenemos miedo a la evolución, al cambio?, ¿por qué nos anclamos en la historia pensado que cualquier tiempo pasado fue mejor?. Es doloroso, muy doloroso, cuando alguien sigue diciendo aquello de "creo en Dios, pero no en la Iglesia"; cada vez que alguien pronuncia ésta frase, deberíamos de rasgar nuestras vestiduras para profundizar en nosotros mismos, buscando qué es lo que hace que se pueda seguir repitiendo ese sentimiento. El amor a la Iglesia no es el acatamiento borreguil, no; es la búsqueda de la Caridad en ella. Y esa es una responsabilidad de todos los que formamos parte de ella. No se trata de hacer crítica arrasadora, de eso ya se encargan los que no aman a Dios, se trata de buscar errores y fallos que se nos escapan como cristianos, buscando hacerla más presente y cercana a la gente de la calle, a los de las oficinas, a los colegios, a los institutos; incluso me atrevería a decir a los políticos, pero sin entrar nunca en politica. Jesucristo, nunca organizó ni organizaría manifestaciones políticas, ni referendum idealistas, ni otras tantas cosas... el nos dice: Yo soy la Verdad, el Camino y la Vida. Dejemos la política a los políticos. Resulta curioso encontrar a creyentes profundos, que nunca han pisado una Iglesia. ¿Por qué?, buena pregunta, quizá la respuesta la encontremos en su propio corazón. Nuestra misión como cristianos no es criticar al que no cree, que normalmente es lo que hacemos, sino anunciar y compartir a Cristo. Por cierto, una última pregunta... ¿cómo se puede hablar del amor a Dios sin sentir el amor?. Una respuesta atrevida... El amor a Dios empieza por el descubrimiento del amor humano. ¿Entonces, por qué a veces las normas nos prohiben amar?... Cada uno que busque su respuesta, yo ya la he encontrado.

La libertad se encuentra en el amor

La libertad se encuentra en el amor

Nuestra libertad es el bien más preciado que tenemos. Nadie puede, ni debe, robárnosla. Ésta comienza y tiene su término en la dignidad del ser humano, algo a lo que nunca podemos renunciar, pues cuando lo haceos nos convertimos en meros instrumentos de intereses particularistas, unos intereses que solo sirven para el bien de algunos; es decir, somos un objeto más. El pensamiento es libre, pero no solo el pensamiento como tal, sino también la conducta y la conciencia. ¿Dónde está el punto de inflexión entre la libertad y la esclavitud?; sin duda alguna, se encuentra en la felicidad. Pero no en ese tipo de felicidad pasajera y trasnochada que se agota en los problemas de cada día; existe una felicidad mucho más profunda, aquella que emana del corazón, aquella que nos hace descubrir cada amanecer como una oportunidad nueva y única que se agota sólo en la búsqueda de la felicidad del otro. Todo lo externo no es más que pasajero, divagante. La auténtica perla preciosa se encuentra en el interior, allá donde nadie puede marcar los preceptos de la oscuridad. Si quieres ser libre, tendrás que empezar por amar; si quieres amar, comienza por sentir esa libertad como aquello que te convierte en único e irrepetible. ¿Has sentido alguna vez el abandono?, ¿alguna vez te has sentido traicionado? No temas por eso, es la condición humana, lo más importante es que tú nunca pagues con la misma moneda, porque entonces has dejado de ser libre para ser esclavo del odio; y el odio nos consume y nos corrompe hasta convertirnos en puros animales guiados por el impulso más profundo de nuestra sinrazón. Por eso Jesucristo nos dice "ama a tu enemigo", porque amar al amigo es fácil, es cómodo, es rutinario. En cambio el enemigo es el que te pone la meta, el que te obliga a superar tu propio listón; el que te obliga, en definitiva, a reafirmarte como persona y a cimentar tu libertad. Podrán obligarte a no respirar, pero nunca a no pensar, a no sentir, a no amar; el amor es libre, porque la libertad es el amor.

La curiosidad

Que curisas resultan las contradicciones. Puedes reir mientras estas destrozado, y estar destrozado mientras ries. La blafemia es lo peor que podemos encontrar en nuestra vida, cuando le damos credibilidad a un bulo sin tan siquiera pensar en la persona que es objeto del mismo. La peor de las cruces de nuestro tiempo es precisamente el chismorreo y el bulo; hacemos de suposiciones afirmaciones, de intuiciones realidades objetivas, sin darnos cuenta de lo peligroso que puede llegar a ser, puesto que tras cada una de nuestras "suposiciones" hay personas que pueden sufrir el mayor tormento posible. Pedir perdón es sano, pero pedirlo cuando se tiene por qué. Dios es el único juez que conoce hasta lo más profundo de nuestro corazón, y a él si que tendremos que rendir cuentas sin escusa alguna. A Él tendremos que explicarle porque crucificamos a aquella persona sin tan siquiera concederle la presunción de inocencia. Jesús de Nazaret tubo que sufrir éstas críticas guardando silencio, sin rechistar, "como cordero llevado al matadero"; y quizá la historia se repita cada segundo, quizá siga habiendo en nuestro entorno muchos "Jesús" crucificados con los clavos de nuestra lengua, azotados con el látigo de nuestra frialdad y traspasados por la lanza de nuestra "justicia". Pero cuidado, el juicio se puede volver contra tí; no esperes clemencia o comprensión de los demás cuando tú no la has tenido con ellos; no esperes que los demás te den un voto de confianza cuando tú has sido incapaz tan siquiera de escuchar. No esperes, en definitiva, que saldras absuelto de la crítica, pues tarde o temprano, quien critica es criticado. ¿Qué sabes tú de la historia de los demás para alzarte como juez?. No olvidar la sentencia de Cristo es fundamental: "el juicio que uséis con los demás se usará con vosotros". Lo mejor es disculpar sin límites, poner en tela de juicio esa "información basura" que ha llegado hasta nuestros oidos; quien disculpa sin límites está viviendo el mandamiento fundamental del cristianismo: el amor. San Pablo lo dice con mucha claridad en su carta a los corintios: "el amor...", no era santo cuando escribió esa carta, era uno más, como tú y como yo, o mejor dicho, era algo mejor que tu y yo, porque Pablo de Tarso era "un hombre justo". Un hombre que comenzó por reconocer que no era el paradigma de la perfección, lo cuál le permitió no juzgar, pues no saberse perfecto es el inicio del auténtico aroma del Amor. Si llega a tu lengua un tal o cual, piensa bien lo que dices y lo que piensas, no olvides que el Dios del Amor, te juzgará de Amor. El reo de tu juicio podrá guardar silencio, o vivir ajeno a tus críticas, pero el Juez Supremo no. Dice el refrán que quien caya otorga; no es cierto, en ocasiones el silencio es la única arma de la paz interior. El hombre justo se mide por sus palabras y pensamientos, no por su categoria social ni por su capacidad de análisis. Mi abuelo me enseñó una vez que el hombre sabio es el que conoce sus límites y sabe de lo que es capaz y de lo que no. Aquel día yo aprendí muchas cosas, entre otras que soy capaz de crucificar a quien se ponga por delante (como vulgarmente decimos), y aquel día comprendí que sería una persona muy criticada en tanto en cuanto decidiese que solo a Dios he de dar explicaciones, y Él ya las conoce. Todos cometemos errores en esta vida, eso no es lo malo; lo terrible es cuando te señalan como autor de errores que nada tienen que ver contigo; entonces ves venir los clavos sin poder hacer nada, sientes el peso del madero en tus hombros sin explicarte por qué; espero que nunca tengas que sentir eso, o mejor dicho, si no quieres sentirlo, no carges tú de cruces a otros. Vivir amando (aunque ello implique sufrimiento), es lo mejor; es la forma egoísta de asegurar un juicio de Amor. La verdad es que me gustaría despertar una mañana y sentir que este mundo y sus gentes viven desde aquí, hoy no ha sido así, ¿será mañana?; esa esperanza me queda. Querido lector, espero no juzgarte nunca, sólo escucharte. Espero no crucificarte nunca, sólo amarte. No necesitas dar explicaciones, justificaciones; sólo necesitas pintar una sonrisa en tus labios y decir con el corazón abierto: Dios sabe la verdad, nada me importan los demás.

¿Elegir?

 

A veces en la vida hay que tomar decisiones, pero esas decisiones nunca tienen que turbar nuestra paz, porque si turban nuestro corazón, la decisión será siempre equivocada. Pensamos que tomar una decisión es decir si o no a algo, y no es así. Una decesión es la consecución de nuestra coherencia en la vida, por lo que no tenemos nada más que hacer que saber si esa decisión nos hace felices o no. Cuentan que una vez un niño quiso coger una fruta muy bonita de un árbol muy viejo. Alguien le dijo que si cojía esa fruta el árbol moriria. El niño estubo pensando mucho rato, no sabía que hacer. Pensó que, por un lado, si cogía la fruta provocaría la muerte de aquel árbol; pero por otro pensó que si no lo hacia se quedaría con las ganas y que, posiblemente otro niño lo haría. Mientras estaba pensando, el árbol le hablo: querido niño, coje la fruta, porque si lo hace suavemente y con mucho amor, no me importará morir, pues la semilla de mi vida que es esta fruta, vivirá en tí. Todos tenemos que hacerlo; tenemos miedo a equivocarnos, pero olvidamos que eso no es lo realmente importante, equivocarse es lo de menos, lo fundamental es ser plenamente conscientes de lo que hacemos, de los que sabemos, de lo que buscamos, de lo que amamos. San Pablo nos habla del amor y nos dice al final: si no tengo amor, nada soy. Por eso, el amor es lo fundamental, es lo prioritario. Un amigo me enseñó una vez que nuestra vida no es más que el fruto de nuestra infelicidad o felicidad, que todo depende de como hayamos cogido el fruto del arbol viejo. No tengamos miedo a sentir, a amar, a decidir; los hombres nos condenaran o nos felicitarán, pero la vida la vivimos con nosotros mismos. El árbol viejo eres tú, la fruta es tu corazón; dejala vivir en los demás, no seas un tronco seco que pasa sus días esperando ser leña de una chimenea añorando sus errores; vive tus aciertos, aprende de tus equivocaciones que nunca serán tan grandes como para no poder ser perdonadas; es más, cuando te equivoques y alguien no te perdone, no te preocupes, si no es capaz de perdonarte es porque no es capaz de merecer tu amor. Dicen por ahí que solo se vive una vez, no estoy de acuerdo, se vive muchas veces, pues cada vez que nos despertamos, la vida comienza de nuevo, el sol vuelve a salir y la luna espera su impaciente su momento. Vive cada día como si fuese el último y el primero, cada instante como si fuese el primero y el último. Vive siendo feliz y darás felicidad. Recuerda: ¿Elegir?, ¿no te das cuenta de que en el mismo momento en que te lo preguntas ya lo has hecho?. No elijas tu la vida, deja que la vida te elija a ti.

 

Los ojos de Dios

Una de las cosas más peculiares de la juventud es su capacidad de inquietud. La inquietud es, sin duda alguna, un sentimiento que nos hace estar despiertos, vivir con ilusión. Quizás, lo que nos ocurre en el fondo, cuando la inquietud de los jóvenes nos molesta, es que añoramos esa capacidad de vivir la vida como una auténtica aventura. El niño, quiere descubrirlo todo; es más, el mundo en sí mismo es para él un auténtico universo por descubrir, aunque ese mundo se limite a su propia casa, padres, hermanos o compañeros. El adolescente experimenta cambios a su alrededor y en su interior, unos cambios que hacen que ya no sea el mundo aquello que está por descubrir, sino que sea el mundo el que tiene que descubrirlo a él. La persona madura, cree saberlo todo, y piensa que ya no tiene nada que descubrir en el mundo y que, el mundo, tampoco tiene que descubrirle a él; es entonces cuando todo se convierte en rutina. Jesús de Nazaret dijo en una ocasión: "dejad que los niños se acerquen a mí"; sin duda puede que se refiriese a ésta realidad. Acercase a Jesucristo es hacerlo con un corazón y una mirada de niño, es decir, con la capacidad de descubrir en él algo nuevo en cada ocasión. Quien cree saberlo todo, o tenerlo todo controlado, no necesita de Jesús; pues él es inquietud, novedad siempre fresca, vigor por descubrir. La fe no es una teoría, ni la suma de una serie de premisa que nos ayuden a llegar a una conclusión definitiva; no puede serlo. Es, más bien, esa inquietud del niño, ese despertar a la ilusión diaria y, en definitiva, ese sentir la necesidad de Alguien que está por encima pero a tu lado. Solo un corazón de niño puede descubrir en Dios a un Padre que ama con corazón de Madre. A quien dice que en Dios no hay ni raza, ni color, ni sexo. Yo pienso que no es así, que Dios si posee esas cualidades: Dios tiene raza, la raza humana, por eso podemos sentirlo cercano, porque nuestra naturaleza es la suya, porque somos su imagen y semejanza. Decir que Dios tiene raza es, para mí, afirmar que Dios tiene algo de humano, es decir, que Dios puede amar y llorar. En definitiva, la raza de Dios somos tú y yo, pues no creo que existan razas distintas (eso son simples convenciones sociales), sino que existe una única raza: la humana. ¿Que Dios no tiene sexo?, pues claro que lo tiene y con gran hermosura y claridad lo señaló el papa Pablo VI: Dios es un Padre que ama con corazón de Madre. En Dios confluyen los dos sexos, pues tampoco creo yo que exista esa diferencia; hombres y mujeres somos distintos en nuestra configuración física y biológica, o más que distintinta, yo me atrevería a decir que  complementaria. Pero cada hombre tiene los mismos sentimientos que cada mujer y, cada mujer, la misma fortaleza que el hombre; ¿O acaso no sufre un padre igual que una madre?, ¿no sueña una madre igual que un padre con el futuro de sus hijos?, pues claro que si. Dios es Padre y Madre, por eso ama. Y por fin un color: ¿Dios no tiene un color?; creo que si, su color es la claridad, el arcoiris. Así me imagino yo a Dios, me lo imagino y lo veo cada vez que veo un arcoiris. Nuestra convenciones sociales son demasiado estrictas: llamamos blancos a los que en realidad son de piel rosada; negros a los de piel marrón y amarillos a los de tez blanca. Nosotros diferenciamos y confundimos, en cambio, en el arcoiris de Dios caben todos lo colores. Los hombres establecemos normas, ordenamos conductas, marcamos leyes; Dios sonrie como un niño y abraza como un niño. Los hombres condemanos acciones y juzgamos comportamientos; Dios juega a sentir amor. Si somos lo auténticamente niños, podremos ver a Dios. Si queremos seguir con nuestras "madureces" enmarcadas y estereotipadas, Dios no quiere vernos a nosotros. El Padre y la Madre saben jugar con su hijo, hacerle feliz. Dios sabe compartir nuestro juego, el juego de la vida. No lo olvides: ¿quieres ver a Dios? se un niño en tu corazón.

¿Creer en Dios?

Quizás sea ésta una de las preguntas que más el ser humano se ha hecho a lo largo de su existencia, y curiosamente, después de tantos siglos de existencia, sigue sin ser contestada. Resulta casi lógico, si tenemos presente que la pregunta que se hace el ser humano realmente no es ésta. ¿No será más bien que lo que nos preguntamos de verdad es si sirve para algo creer en dios?, es decir; la respuesta que buscamos ante esta cuestión no es su existencia o no, sino su utilidad en referencia a mi propio ser. Necesitamos creer en Dios, sí, pero en muchas ocasiones es simplemente para satisfacer nuestra limitación, la cual nos recuerda que por muy altivos que nos creamos, tenemos un fin. La pregunta por dios en términos de utilitarismo, lleva a unos a manifestarse ateos, pues Dios no tiene ninguna utilidad inminentemente práctica en mi vida; a otros a manifestarse agnósticos, dado que la incertidumbre de la duda tiene como respuesta la omisión de la afirmación o negación. En tercer lugar, están los que afirman su fe contra viento y marea, a estos habría que recordarles que la fe no es un absoluto en términos intelectuales, sino más bien una consecución diaria y un don existencial. Surge, como renacido de la ceniza, el que desde la mística más piadosa, basa su fe en argumentaciones de otros, es decir, en vidas de santos, en experiencias pías de antaño o en no se que espiritualidad del vino y el incienso; a este ser, también habría que recordarle que la fe colectiva dista poco de la paranoia colectiva, es decir, que Dios no es un marcianito que sorbe nuestros sesos o que se trasforman en una droga medioambiental para conquistar nuestro sueño. Dios es algo más, no es el conjunto de la colectividad ni el resultado de creencias medievales, pues junto a ellas también nacieron la brujería y la superstición, así como la santería.

¿Entonces?

La creencia en Dios va más allá de todo esto, pues si analizásemos cada uno de estos personajes nos daríamos cuenta de algunas realidades:

El ateo necesita negar a Dios para auto convencerse de su inexistencia. Prueba de ello es que toda su argumentación comienza diciendo: si Dios existiera…, si para ti no existe, ¿Por qué necesitas ponerlo en duda? ¿por qué es la prueba que revalida su existencia?.

El agnóstico es un caso peculiar, dado que remite sus afirmaciones a sus premisas; es decir, duda desde la negación. A este personaje cabría recordarle también que como siga por ese camino, le conviene replantearse su propia vida, porque la respuesta al amor está precisamente en la no necesidad de premisas; es más su propia existencia se remite a la premisa de su preexistencia, lo cual indica que por mucho que se esfuerce en probarlo, él tampoco existe, es mera proyección del pensamiento.

Caso peculiar lo constituye el creyente a viento y marea. ¿Dónde radica su fe?, si duda alguna, en su propio orgullo y su egoísmo, pues su argumentación es la cerrazón, el “no nos moverán”; es decir, la argumentación del que no necesita argumentar; su falta de capacidad para escuchar o compartir es de la que se deduce la limitación de su pensamiento, incapacitado por su propia invalidez mental y vital.

¿Y aquél cuya fe es la de otros?, pues eso, es la fe de otros. Apenas tienen la capacidad de argumentar su propia fe, sino que necesita las argumentaciones de otros para justificar la suya propia.

Así pues, ¿dónde está la creencia en Dios?. ¿Quieren ustedes saber dónde está la razón?. Pues yo se la diré:

La razón de su existencia está en mi vecina Margarita, que a sus ochenta y nueve años cumple la profecía: “Te doy gracias Padre, porque no has revelado estas cosas a los sabios y entendidos”, sino a la gente sencilla.

La tia margarita nunca supo leer, ni tan siquiera sabía firmar. Aquella mujer blanquecina, de pelo cano y ojos profundos, nunca pronunció una palabra más alta que otra. nunca hizo argumentaciones sobre la existencialidad de Dios, nunca supo que era aquello de la espiritualidad profunda del ser ontológico. sus estudios consistían en distinguir lo que era un pimiento verde de uno colorado; ni tan siquiera distinguió lo que era un euro de una peseta. sólo sabia que su misión en esta vida era vivir y vivir de verdad, amar y amar de verdad. la tia margarita no sabia latin ni filosofía. y sabia algo más importante: que Dios la amaba, que nunca le había abandonado; ni tan siquiera aquella tarde gris en la que tubo que dar sepultura a su hija y ser madre de sus nietos. para ella lo único importante era que su nuevo hijo y sus nietos fuesen amados como ella había sido; que sintieran que Dios no les había abandonado.

la fe es personal, el cristo de la cruz y de la vida viene a cada mujer y cada hombre en cada momento y en cada circunstancia. descubrilo de verdad es hacer lo que hizo margarita: dejarse descubrir y amar por el.

¿Creer en Dios?, depende de ti.

Una pregunta al aire

Me gustaría que alguno de vosotros me contestáse a esta pregunta: ¿Por qué somos tan tontos que dejamos pasar las mejores oportunidades de nuestra vida, para pasar el resto de ella arrepintiéndonos?. Cada instante que vivimos és único, no se volverá a repetir jamas. Cada sol que nace, no volverá a nacer. Cada lágrima que derramamos, nunca volverá. Quizás no nos damos cuenta de que ésta vida en como un viaje en tren: vamos montados en el vagón, esperando que llegue nuestra estación. Fijate en aquellos que te rodean; son historias de vidas, son pasados y presentes. Si miras por la ventanilla verás como va pasando el mundo y, por mucho que lo desees, no puedes detenerlo. Tú vas en ese vagón, eres llevado, no llevas. Pero preguntate: ¿Quién te espera en la estación?; es esta la clave de nuestra vida, saber quien nos espera en aquella lejana estación, o quizás no te espere nadie. Mi tren es como el tuyo. Pero cada uno vemos un paisaje muy distinto, porque es nuestra mirada la recopilación de nuestras experiencias. Pero, ¿se hace dura la vida cuando viajas solo?; puede. Aunque lo peor es tener la certeza de que no habrá nadie en el andén con los brazos abiertos para recibirte. ¿Quién me responde a esta pregunta? ¿Quién se atreve?. No te preocupes, si nadie está en ese andén, yo estaré esperandote, dejame recibirte, abrazarte, tender mi mano sobre tus hombros para poder acariciarte. Dejame sentir tu respiración entrecortada, como si hubieses llegado corriendo. Pasa el tren, el tuyo y el mio. Yo ya se que nadie me esperará, por que yo soy el que tiene que esperar... aunque no te creas que yo no tengo miedo, también lo siento, pensado que hayas confundido la estación y cuando se abra esa puerta, no estés detrás para sentirte cerca...

Cualquier día, alguién se va...

cualquier día de estos se nos va la vida. que curioso, solo nos damos cuenta de lo que apreciamos a las personas cuando las perdemos. la pena es no disfrutarlas mientras la tenemos a nuestro lado, darnos cuenta cuando es su ausencia la que nos perturba. en el camino de la vida todos tenemos una meta final, una encrucijada en la que nos separamos inexorablemente. cuando llega ese momento toda nuestra existencia pasa por delante de nosotros como si fuese una película. en ese momento recordamos las ocasiones vividas, las alegrías compartidas y las penas conyevadas. quisieramos entonces recuperar tantos y tantos momentos en los que nos quedamos con la gana de estar con esas personas. yo ya llevo varios amigos que han llegado al cruce de caminos, y la verdad es que no te acotumbras nunca, piensas cuando llegará la tuya, y deseas en esos momentos que no se retrase mucho. yo creo en la resurrección, por eso no vivo mi muerte como un adios, sino como un descanso, como un momento de volver a encontrarte con aquellos a los que anhelas. ahora, cuando repaso a esas personas que ya no están me pregunto: ¿cuando podré yo también ir con ellas?. tengo 32 años, pero mi corazón anda un poco cansado, quizás necesite descansar. Sólo Dios sabe todo lo que hay dentro de mí, sólo él sabe lo que soy capaz de amar, de odiar, de olvidar, de pensar, de soñar... sólo él sabe quién soy en realidad, como soy en lo más profundo de mi ser. por eso la muerte puede que sea un verdadero descanso, estar con él, no tener que vivir en el esfuerzo, no tener que mendigar los sueños; en una palabra: ser yo de forma profunda. Con él no existen las apariencias, las percepciones, los que dirán. Con él solo existe la trasparencia y la paz. Mi oración, cada noche es la misma: El Señor me conceda una muerte santa y una noche tranquila. Cerrar los ojos pensando que los abriré para vivir en plenitud. No es que quiera morirme!, es que pienso en la muerte como dejar por fin descansar mi vida en las manos de Aquel que se que me ama. Es una suerte saber que Él no me juzga, no me condena, no me echa en cara mis infidelidades ni mis mil defectos; saber que Él sólo sabe ver lo bueno que hay en mí. De niño pensaba que cuando alguien moría, se convertía en una estrella. En la adolescencia me convencí de que la muerte es final de todo. Ahora, que me ha tocado vivir la separación de almas cercanas a la mía, pienso en la muerte como una fiesta, la fiesta que se les hace a los amigos a los que hace mucho tiempo que no ves. Juan, Raúl, Alberto, Ana, Raquel, Sonia, Fran, Alba, Pedro, Alfonso... y algunos otros que están ya de fiesta. Siento un poco de envida, no lo negaré, al pensar que todos ellos quizás aún hacian algo de falta aqui, y que yo podría haberme marchado en lugar de ellos. Todos ellos han dejado un gran vacio en mi; un vacio material. Pero es aún peor pensar en aquellos que estando vivos, no existen, aquellos para los que el que ha muerto eres tú. Noche destemplada cuando llegan los verdugos jubilosos. Historias que parecían no acabar nunca y que la distancia remató. No se gana la partida de la vida ni por guapos, ni por exitosos, ni por centros del universo; porque ésta partida no la ganamos nunca, es un eterno juego de estrategias, de sonrisas y sufrimientos, donde lo único importante es quien hayas elegido de compañero de juego, donde lo único doloroso es que tus compañeros de juego terminen antes que tu la partida; tener que seguir solo el juego, eso es realmente lo que nos da miedo de verdad. Seguir solos en la partida, o mejor dicho, sentir que juegas solo. Decimos que quien se marcha no regresa, pero, ¿nos hemos preguntado alguna vez si quieren regresar?. no lo olvidéis: VIVID CON LOS QUE TENEIS A VUESTRO LADO, VIVID CADA SEGUNDO COMO SI FUESE EL ÚLTIMO, DISFRUTAD CADA MIRADA COMO SI EL SOL SE FUESE A ESCONDER, CADA CARICIA COMO SI EL MAR LO CUBRIESE TODO, CADA INSTANTE COMO EL INICIO DE UN LARGO SUEÑO. VIVID Y DEJAOS VIVIR.